En ciertos estados de ánimo favorables, los recuerdos –los que se han olvidado-
quedan superpuestos a todo. En este caso, ¿no será posible, me pregunto a menudo, que las cosas
que se han sentido con gran intensidad tengan una
existencia independiente de nuestra mente? ¿Siguen existiendo de hecho? Y si es así, ¿no será
posible, con el tiempo, que se invente algún mecanismo por el que podamos conectar con
él?
Virginia Woolf / Momentos de vida
Mayo 3 de 2020
Ayer, mientras estábamos arreglando casa, decidimos con Fabio cambiar de sitio el mueble en el que
guardo el archivo de Retratos vivos de mamá. Justo hace unas semanas había estado revisando aquel
archivo para armar un capítulo compuesto solo con
documentos de mi madre, un capítulo en el que mi voz entrara poco o nada; pero por esos días no
recuerdo haber visto la carpeta de fuelle que encontré ayer. O no reparé en ella. Esta vez,
entonces, la abrí para ver qué había adentro y, al desplazar
el fuelle, al expandirlo, me sentí protagonista de una experiencia por fuera del tiempo: como si la
escena que vivía estuviera envuelta en un suspiro remoto, gigante y (casi, casi) silencioso.
El objeto inhala.
Reviso los bolsillos de la carpeta. No puedo detenerme con detalle en cada papel que encuentro (Fabio
está impaciente por terminar lo que empezamos), así que esculco hasta donde alcanzan mis ojos y mis
manos, y desde ya, en ese primer barrido con
la mirada, puedo reconocer su desorden (tan parecido al mío) y su intento por ordenar (¡tantas cosas
tenemos en común!).
Un llanto contenido.
El objeto exhala.
Dejo la carpeta a un lado para avanzar en las tareas de la casa.
Unas horas después, cuando la casa está lista y yo estoy a punto de retomar la escritura, me topo de
nuevo con la carpeta y me llega una punzada en medio del pecho como una flecha.
¿Qué tiene ese objeto que me golpea de esa manera?
En ese fuelle, el aire, aire de su tiempo, fragmentos de ella.
Me siento, ahora sí, a revisar el contenido. Ningún afán. Abrir el fuelle oler un aire. En cada
bolsillo sus partículas, restos de mamá.
Objeto que respira.
Lo abro, entro; lo cierro, sopla.
Con el soplo, el aire y un olor suyo me tocan. Su tiempo viene hasta mí y en los papeles guardados
(leo), sus angustias (letras de cambio, procesos legales), sus intereses (nuestras calificaciones
del colegio, el cancionero de las misas que
cantaba con mis tías), sus creencias (oraciones, novenas de todo tipo e imágenes de la Virgen).
Algo de nosotros se queda pegado a los objetos. ¿En qué se diferencian estos papeles
de los otros que hacen parte de mi archivo de
Retratos vivos de mamá, guardados en el mismo mueble? Estos que encontré en el fuelle no los
he tocado, ni los he clasificado, ni leído, ni catalogado. Este era su archivo; hecho por ella. Ahí,
sus fuerzas, sus tensiones, sus anhelos, sus
preocupaciones, sus impulsos, sus olvidos.
¿No es lo más cercano a su presencia en mi taller, en mi casa, en mi vida de hoy?
Es como si ella hubiera venido ayer a acariciarme después de ocho años.
¿Cuánto tiempo tardan nuestras huellas en desaparecer del mundo de los vivos después
de que morimos?
Son días raros, todo esto ocurre en medio de la cuarentena, días de encierro
forzado que me han llevado a mirar hacia adentro de nuevo y en los que decidí empezar el cierre de
Retratos vivos de mamá.
Pero, cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de
las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor –más débiles pero más
vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles–
perduran durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la
ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso
edificio del recuerdo.
Marcel Proust / Por la parte de Swann